Los sueños, que cosa tan rara los sueños. Algunos tratan de deseos
escondidos, otros de miedos, y otros simplemente nos quieren avisar de cosas
que suceden.
Era la tercera noche ya, ella estuvo todos esos días soñando lo mismo.
Se despertaba sobresaltada, transpirando y sin lograr comprender. No quería
dormir, quería entender el significado de aquel sueño. Él sufría de
taquicardias intentando pedir disculpas, su familia lloraba, y los médicos no
sabían qué más hacer.
Su sueño constaba de un pasillo largo,
pintado de blanco y con retratos en las paredes tan fríos como aquel
pasillo. Ella pasaba por él corriendo desesperadamente y llegaba a una puerta,
igualmente blanca, con el número doscientos veintitrés puesto en dorado,
brillando de estar tan lustrado. Rápidamente abría la puerta y ahí se
despertaba. La tercera noche, además de haber despertado transpirada y
sobresaltada, comenzó a llorar sin parar. El significado que podía tener ese
sueño comenzaba a darle aún más miedo que el que le provocaba el sueño mismo.
¿Qué eran esos pasillos blancos? ¿Qué había detrás de esa puerta?
Ese pasillo le llamaba la atención. Creía conocerlo de algún lado. Y
cuando lo recordó un nudo en el pecho se le formó. Lo recordaba perfectamente,
tenía siete años cuando su abuela había muerto, y días antes de su muerte,
estando ya agravada su enfermedad, la visitaba para decirle cuanto la amaba, y
recorría esos mismos pasillos fríos y largos. La única diferencia era que
recordaba que la puerta de habitación de su abuela era la doscientos treinta y
nueve. Aquel sueño no tenía nada que ver con su abuela, pero necesitaba saber
que ocurría urgentemente.
Quería levantarse, pero no podía, y del miedo comenzó a llorar, ¿Qué
hacer?
Miró el reloj. Seis y media de la mañana, el sol estaba por salir, no
quería esperar más tiempo, necesitaba salir de ahí, descubrir lo que sucedía,
su madre se pondría como loca si descubría que se iba sin avisarle, pero le dio
igual, ya no era una niña para decirle lo que hacía y además luego lo
entendería.
Cuando dejó de llorar descontroladamente, se vistió y salió a la calle,
tomó el primer taxi que encontró y fue hasta aquel hospital, aún con el nudo en
la garganta. La luz del sol que salía tímidamente por el horizonte y pegaba en
sus ojos, que se ponían aún más sensibles al tacto.
Al llegar, le arrojó el dinero al conductor y salió corriendo hasta
adentro de aquel gran edificio. Quizá sintió algunas malas palabras del
conductor, quizá no, no le importaba, ella corría. Llegó al ascensor. Algunas lágrimas
rodaron por sus mejillas, pero las corrió violentamente con su mano. Estando ya
adentro del ascensor apretó segundo piso y esperó impacientemente. Cuando las
puertas se abrieron vio una mujer vestida de blanco sentada en un escritorio.
Quedó paralizada. ¿Era real o tan solo la creaba su mente por miedo?
-Señorita, ¿Qué necesita? No puede pasar sin autorización.
Comenzó a correr desesperadamente, igual que en su sueño. Las paredes
eran igual de blancas y tenía los mismos cuadros fríos que los que había
soñado.
-¡Señorita! ¡Por favor! ¡Pare!
"Basta mente, deja de decirme que pare, no lo haré. No, por favor,
no me sigas, igual llegaré a mi destino." se repetía constantemente.
La habitación doscientos veintitrés yacía frente a ella y sin dudarlo la
abrió, siguió corriendo hacia adentro pero lo que vieron sus ojos la dejó sin
respiración. Se agarró la cabeza y comenzó a llorar desesperadamente recostada
contra la pared, cayendo lentamente. Aquella mujer que la estaba siguiendo
llegaba justamente a la habitación y se acercaba a ella lentamente.
-Señorita…- le dijo tocándole el hombro compasivamente.
No podía soportarlo. En esa habitación se encontraba él. Aquel chico que
tantas veces la había dejado sin dormir por las noches, que tantas mariposas le
había hecho sentir, su primer y único amor que tantas cosas de la vida le había
enseñado. Aquel chico que de un día para el otro desapareció de su vida por por
completo debido a una pelea que creía que iba a ser otra más. Ella lo culpaba
de ser tan hipócrita y egoísta, él no quería aceptar que lo era y nunca más le
habló. El orgullo había sido más fuerte que todo. Y ahí estaba ella, tres años
después, llorando contra una pared porque el amor de su vida estaba postrado en
una cama sufriendo de un ataque al corazón en aquel mismo momento con toda su
familia sollozando, demostrando cansancio por no haber podido dormir bien en un
largo tiempo.
Sentía ruidos de aparatos para revivirlo, sentía como su corazón
débilmente se debilitaba, como poco a poco perdía la vida y no tenía la fuerza
necesaria para abrir los ojos y enfrentarse a la realidad de que él se perdía.
Su corazón no sonó más. Ella había perdido la fuerza para seguir
llorando y quedó recostada contra la pared, temblando, sin todavía abrir los
ojos. No sentía ningún sonido, el único que le importaba era el de su corazón y
no lo sentía más. No sabía que sucedía realmente, qué estaba haciendo ahí. Tan
solo sentía la falta de ese sonido y sus temblores, que se agravaban con el
pasó de los minutos.
-¡Sus ojos!-Esa voz…. ¿Era su hermano?
Hubo un revuelo en toda la habitación y ella logró escuchar algo que le
quitó el temblor. Su corazón latía.
Lentamente abrió los ojos en dirección a su camilla. Tenía los ojos
rojos e hinchados y no podía dejar de temblar nuevamente, pero ella miró para
donde estaba él.
Toda su familia lo tocaba, algunos gritaban y los doctores pedían por
favor que se corrieran para poder revisarlo, pero sus ojos estaban concentrados
en una sola persona de esa habitación: ella. Los temblores agravaron. Inconscientemente se levantó y se acercó a él.
Tomó su mano delicadamente y lo miró incrédula.
-Gracias por atender mi llamado- le dijo él, con una sonrisa en sus
labios.

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